Diario de una terapia (1): la precontemplación

Iceberg-fase precontemplación en terapia

 

“Nunca vi la necesidad de venir a terapia porque nunca vi que realmente los problemas me afectaran, sobre todo cuando me comparaba con otras personas. Menos mal que me di cuenta a tiempo de lo que es un problema y de que a mí también me estaban afectando”. 

“Se me fueron acumulando tantas cosas que llegó un momento en que me parecía normal vivir con angustia y ansiedad a diario. Tenía la esperanza de que mis problemas personales se acabarían arreglando de alguna manera. Hasta que un día me encontré con una amiga con la que hacía tiempo que no quedaba; se quedó tan impactada al verme que entendí que igual sí que tenía un problema”. 

Los relatos que Julio y Manuela (nombres ficticios) hicieron en sus terapias reflejan muy bien lo que llamamos la “fase de precontemplación”. Se trata de un momento anterior al inicio del trabajo terapéutico en el que no sólo no vemos necesario empezar una terapia, sino que ni siquiera somos conscientes de estar bajo la influencia de ningún conflicto.

Por eso, antes de seguir, convendría definir lo que entendemos por “problema”

La RAE, al definirlo alude a algo difícil de aclarar o de buscar solución, a preocupación o a la dificultad para conseguir un fin. Estas ideas pueden ayudarnos a distinguir lo que es un problema de lo que no.

Si ampliamos la mirada al concepto “conflicto”, se refiere en su acepción psicológica a la “coexistencia de tendencias contradictorias en el individuo, capaces de generar angustia y trastornos neuróticos”. Leyendo esta acepción quizá ya no es tán fácil identificar un conflicto porque vivir es aceptar la contradicción, estamos rodeados de ellas, y no todas nos generan angustia. 

Entonces, ¿por qué incluimos esta fase en el diario de terapia si aún no ha comenzado el proceso terapéutico en sí y ni Julio ni Manuela eran en ese momento conscientes de estar en conflicto?

En primer lugar, porque esa angustia recién explicada ya empieza a hacer mella en nuestro bienestar físico y psicológico. 

En el caso de Julio, las somatizaciones llevaban tiempo dañándolo en forma de problemas digestivos y de alteraciones del sueño que él achacaba al estrés que aparecía ocasionalmente en su trabajo. 

En el caso de Manuela, lo que su amiga vio en aquel encuentro casual no fue a una persona nerviosa y algo cansada, que era como ella se percibía, sino a alguien sin energía ni motivación. A pesar de ser una persona prudente y discreta, no dudó en transmitirle su preocupación.

Y en segundo lugar, porque la presión externa también empieza a tener cierto efecto. 

Tras varias consultas médicas especializadas en aparato digestivo y descartada una alteración neurológica, la médica de atención primaria de Julio apuntó en otra dirección: ¿y si derivamos a salud mental? Su reacción inmediata fue pensar que la que necesitaba una derivación a salud mental era ella. Hasta que pasados unos días se descubrió a sí mismo consultando con la IA sobre sus síntomas. El “diagnóstico” que ésta le daba parecía claro: si el estrés del trabajo va y viene y los síntomas se quedan es que hay algo más que no va bien… 

Sin darse cuenta en el momento, Manuela había tenido una especie de “primera sesión” de terapia con su amiga, que había pasado por una depresión tiempo atrás y no dudó en acudir a una psicóloga con la que le fue muy bien. 

En ambos casos la presión externa no les empujó a pedir ayuda de forma inmediata

Julio tardó varios meses en contactar con el que hoy es su terapeuta; Manuela sí pidió ayuda de inmediato, pero canceló la primera cita con la psicóloga que su amiga le había recomendado. Unas semanas más tarde, tras hacer su propia búsqueda, eligió otro profesional con el que comenzó su terapia.

En ambos casos las figuras externas de referencia (la médica de Julio y la amiga de Manuela) influyeron sin imponer. Y esta diferencia es clave en esta fase:

Ayuda más la persuasión que la presión

Por eso es importante apoyarnos en figuras que convencen y poner distancia con quienes, a base de insistencia o alarma, nos pueden acabar disuadiendo de pedir ayuda.

Es normal necesitar un tiempo para reconocer situaciones de tensión emocional, estrés o conflicto interpersonal como un problema y activar la búsqueda de soluciones. Pero eso forma parte del próximo episodio del diario de terapia. 

Mientras llegan esos clicks (los famosos “insights”) conviene conocer los dos grandes caminos que, como indica Irvin D. Yalom, tomamos para sortear la angustia cuando aún no la tenemos identificada como tal, y que dan forma a nuestras defensas emocionales:

1- La singularidad: vernos como seres únicos (“esto es cosa de los demás”) nos hace sentirnos especiales y, por tanto, protegidos de los problemas. Hablamos de una especie de “egocentrismo mágico” que en la edad adulta tiene mucho de autoengaño y poco de refugio sano.

2- La salvación: sentirnos inviolables (“esto a mí no me va a afectar”) y creer en que algo o alguien nos salvará (“al final, de una forma u otra, todo se arregla”) son formas de afrontamiento pasivo de los problemas que generalmente hacen que éstos se agraven, en lugar de solucionarse.

Si has llegado hasta aquí, te agradezco de corazón tu tiempo y tu interés. Y aprovecho para lanzarte una reflexión: estoy seguro de que a día de hoy podrías hacer una lista más o menos amplia de problemas que te afectan. Te invito a que pienses en cuáles puedes resolver con tus propios recursos y si alguno de ellos es fuente de angustia.

Y como Julio y Manuela, puede que no lo tengas claro, que te parezca que las soluciones pueden ir llegando o simplemente necesites tiempo para pensarlo. 

Si necesitas además un espacio seguro donde reflexionar en compañía de un profesional, aquí tienes tu espacio de terapia

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