“Al tercer “no, eso a mí no me pasa” que me dijo mi amigo me empecé a preocupar. Cuando le conté que me estaba costando ponerme en marcha cada mañana y que no me apetecía mucho ver a la gente, creía que le iba a quitar importancia. Me sentó tan mal que me enfadé con él, me fui a mi casa y me derrumbé porque vi que me estaba quedando sola“.
“Me vi allí de pie, roja de ira, dando una patada a una maleta de pura rabia que sentía. No era la primera vez que me enfadaba con mi madre y tenía motivos más que justificados para descontrolarme, pero ese día fue distinto. Me di cuenta de que tenía un problema más serio de lo que pensaba y le puse nombre: he perdido los papeles”.
Los relatos de Diana y Ainara muestran una evolución con respecto a los de Julio y Manuela recogidos en la entrada anterior: ellas ya han tomado consciencia de que tienen un problema e incluso le ponen nombre, lo que abre la puerta a empezar a resolverlo. Pero eso vendrá más adelante…
Las tendencias contradictorias comentadas en la fase de precontemplación y que son propias de un conflicto emocional, empiezan a ir a una. Ellas han vencido la resistencia a admitir que se sienten mal por alguna razón concreta y eso reduce su angustia.
Aunque parezca paradójico, la aceptación de las emociones que menos nos gustan, lejos de hacerlas más intensas, las suavizan
Y esto es propio de la fase de contemplación. Tanto Diana como Ainara se refieren a una especie de catarsis (la ira y el llanto) que les permitió tener un insight, una toma de conciencia, sobre su estado anímico real. Y después de una revelación siempre quedan algunas certezas tipo “estoy mal”, “tengo un problema”, “no puedo seguir así”…
Esta actualización del “software” emocional puede impulsarnos a poner en marcha intentos de solución alternativos a la terapia. Por eso en las primeras sesiones es habitual preguntar por los mecanismos previos que la persona ha empleado para afrontar sus dificultades anímicas. Y no son pocas las respuestas; aquí van algunas de las más habituales:
– Leer libros de autoayuda
– Practicar meditación
– Tomar psicofármacos
– Cambiar algunos hábitos (alimentación, sueño, ejercicio físico)
– Desahogarse con gente de confianza
– Ver publicaciones en redes sociales relacionadas con lo que nos pasa
– Consultar con la IA
– Tomarse un periodo sabático
– Estar un tiempo de baja laboral
En principio, ninguna de estas estrategias tiene nada de malo. De hecho, percibimos en ellas algunas ventajas con respecto a la terapia: nos obligan a exponernos menos, son más económicas, más cómodas… En resumen, nos hacen sentir menos vulnerables.
En ocasiones ayudan a conseguir una solución al malestar. En otras, ofrecen a la persona recursos que podrá utilizar en otros momentos de su vida.
Pero no siempre alcanzan a darnos lo que necesitamos:
Un lugar seguro en el que la vulnerabilidad sea una oportunidad para sanar, en lugar de una amenaza permanente
Ese lugar es la terapia.
Ahora bien, la decisión de acudir en busca de dicho espacio no suele ser inmediata.
La puesta en marcha de estrategias alternativas (como las ya comentadas) nos aporta cierta sensación de control y de cambio.
A eso se suma lo ya comentado en la fase de precontemplación sobre las dos defensas universales contra la angustia: la singularidad (“esto es cosa de los demás y a mí no me afecta”) y la salvación (“al final todo se arreglará”), que se van debilitando pero que aún siguen activas en esta fase.
Es muy probable que, sin darse cuenta, Diana y Ainara estuvieran más cerca de lo que pensaban de encontrar a su terapeuta
Porque ambas defensas tienen un lado luminoso: el coraje y la confianza. O lo que es lo mismo, la valentía de enfrentarnos a nuestros miedos y la conexión con un profesional que nos guíe en el camino.
Y es que si algo nos demuestra la experiencia es que estos ingredientes son dos elementos esenciales para que un proceso terapéutico tenga éxito
Pero del dicho al hecho va un trecho. Y en ese recorrido hasta la acción es muy habitual pensar que aunque tenga un problema, buscar terapeuta es una solución para otros, pero no para mí. Eso les llegará más adelante.
En tu caso, si tienes dudas sobre si tu momento ha llegado y quieres despejarlas, puedes ponerte en contacto con Grama Psicología. Será un placer ser tu brújula.
