“Llego aquí con muchos años de retraso. Desde que empecé a hacerme daño en la adolescencia supe que tenía que ir a terapia, pero cada vez que empezaba a buscar terapeuta me ponía fatal y lo dejaba”.
“Le pedí tu contacto a un amigo hace varios meses, me dio muy buenas referencias tuyas y vi claro que quería hacer terapia contigo. No sabes la cantidad de mensajes que he escrito y borrado hasta que por fin me lancé a enviártelo”.
Dos nuevos testimonios, en este caso de Ingrid y Héctor (nombres ficticios), dos formas de afrontar la fase de preparación antes del inicio de la terapia.
Las dudas sobre si tenemos o no un malestar emocional (fase de precontemplación) y las resistencias sobre si ese malestar requiere ayuda externa (fase de contemplación) van quedando atrás.
Aunque conviene aclarar algo:
un proceso como el que se describe en este diario no siempre es lineal
Los dos casos referidos en esta entrada reflejan dudas, miedos y tiempos de espera antes de tomar el paso a la acción, factores muy interesantes de explorar al inicio de la terapia.
En el caso de Ingrid nos dio información sobre su tendencia a dar ayuda a los demás y negársela a ella misma, que en este caso fue muy extrema ya que pasó mucho tiempo y sufrimiento desde que entró en fase de precontemplación.
En cuanto a Héctor, descubrió en su trabajo terapéutico que tenía un mandato familiar muy potente: pedir ayuda es de débiles. Dicha “orden” estaba asociada a una creencia limitante sobre sí mismo: tengo que valerme por mí mismo. Y aunque tenía claro desde tiempo atrás que se sentía mal, su atasco vino en la fase de contemplación, donde afloraron las (lógicas) resistencias a pedir ayuda.
¿Cuál es la principal característica de la fase de preparación? Que iniciamos el movimiento. Las fases anteriores están más orientadas a la reflexión, generan una ambivalencia que nos suele llevar a hacer muchos cálculos antes de ponernos en marcha.
Y lo más importante:
en la fase de preparación ya hemos decidido que necesitamos un cambio
Lo que pasa es que no siempre somos conscientes de ello. Y si lo somos, nos cuesta articularlo.
Otro inciso: hay casos en los que el paso por esta fase es muy rápido. Suele ocurrir en personas que ya han pasado antes por terapia, que piden recomendación a alguien de su confianza o que están viviendo una situación de emergencia psicológica.
Quienes no lo tienen tan claro (la mayoría de quienes no han acudido antes a terapia), empiezan la búsqueda de información. Y son muchos los factores a tener en cuenta; aquí van algunos de los más comunes:
– ¿Pido recomendación o busco por mi cuenta?
– ¿Qué coste tiene la terapia?
– ¿Terapia online o terapia presencial?
– ¿Mejor que me atienda un hombre o una mujer?
– ¿Qué especialidad terapéutica me va mejor?
– ¿En qué me puede ayudar la terapia?
La cantidad de información que resulta de esta exploración puede ser abrumadora
Y hay que tener en cuenta que vivimos una especie de “edad de oro” de la salud mental, con todo lo que eso implica. Una de las consecuencias más evidentes es la ingente cantidad de oferta terapéutica a nuestro alcance y la saturación asociada a la búsqueda.
Por eso conviene tener claras algunas ideas que nos orienten en la búsqueda de nuestro psicólogo o psicóloga y que se pueden resumir en este decálogo sobre el buen trato en salud mental:
En Grama Psicología el compromiso con esta forma de atención terapéutica es diario e inquebrantable. Hay pocas acciones más valientes que sentarse delante de un desconocido a compartir tu vulnerabilidad. Por eso el mayor tesoro que encontrarás en tu terapia es el respeto por lo que eres.
