Diario de una terapia (5): la desconfianza

“Entiendo que estés a la defensiva conmigo. Seguro que mi anterior terapeuta te ha contado que soy un caso perdido, que no hay forma de poder ayudarme”.

“¿Tú alguna vez has tratado un caso como el mío?”.

“Sinceramente, estoy aquí porque me han recomendado conocerte, pero para mí esto es un acto de fe”. 

Quizá recuerdes a Ingrid de una entrada anterior; fue ella quien, en un ejercicio de sinceridad, dijo estas palabras cargadas de desesperanza en la primera sesión de su terapia.

Antes has podido leer el testimonio de Álvaro, que acompañó su relato de un gesto de cierto orgullo por definirse a sí mismo como un “paciente difícil”.

O el de Paloma, cuyo rostro al preguntar reflejaba una duda real, con una dosis visible de angustia. 

Antes de analizar sus palabras y sus gestos, una reflexión:

¿Hay algo más valiente que sentarse delante de un desconocido a compartir tu vulnerabilidad?

Probablemente no. Por eso el mayor tesoro que encontrarás en tu terapia es el respeto por lo que eres. Y el mejor regalo que te llevarás será crecer sin juicios.

Y por muy buenos profesionales que seamos como terapeutas, que lo somos, en la primera sesión de terapia no dejamos de ser desconocidos para la persona que se sienta delante a compartir su intimidad. 

La principal duda que planea sobre alguien que acude a terapia se puede resumir en si valdrá o no de algo todo ese esfuerzo (emocional, logístico, económico…) para lograr sentirse mejor. ¿Nos metemos o no en ese laberinto?

5- La desconfianza (interio)

Y las principales certezas para abordar esta duda son las siguientes:

  1. Cierto nivel de desconfianza puede ser sano.
  2. Muchas veces desaparece en la primera sesión.
  3. Es normal sentir inseguridad al establecer un vínculo si antes hemos tenido daño en otros vínculos, sobre todo si éstos tuvieron lugar en la infancia. Son las secuelas del trauma relacional temprano

Pero no siempre este ejercicio de validación relaja nuestras defensas. Porque de fondo resuena otro “ruido” emocional: 

¿Estaré a la altura de la terapia?

Hablamos de una desconfianza que predispone a hacer una atribución interna del mal funcionamiento de la terapia, incluso aunque la terapia esté funcionando bien. 

Es decir, si algo va mal, la culpa es mía. “No me estoy implicando lo suficiente”; “me sigo sintiendo mal porque no hago lo que tú me dices”; “esto es muy difícil, no me veo capaz”… Son algunas de las frases/creencias que están detrás de la explicación que se dan muchas personas sobre por qué no va bien el proceso terapéutico. En realidad es un exceso de carga y de responsabilidad de la persona hacia sí misma. 

Esto es lo que se escondía detrás de las palabras de Ingrid al inicio al referirse a un “acto de fe”. Por suerte, confió en sí misma y su terapia a día de hoy sigue siendo un espacio de sabiduría para ella.

En este caso, las dudas se desplazan hacia fuera, pudiendo desconfiar de la experiencia, conocimientos, género, estilo, implicación o uso de las técnicas del terapeuta.  

En contraste con la posición anterior, la carga aquí se deposita fuera. Si algo va mal, la culpa es del otro/a. “No me estás siguiendo”, “Eres demasiado joven/mayor para entenderme”, “Parece que no te importa demasiado lo que te cuento”… Son frases que en ocasiones se cuelan en la terapia como explicación de la insatisfacción que está sintiendo la persona. 

Ambas posiciones representan los extremos de un continuo; no dejan de ser resistencias (aludiendo a Freud) con las que contamos de inicio y que hay que abordar para poner en valor lo más sagrado de un proceso terapéutico: la alianza terapeuta-paciente

Pero esto tarda en llegar. Cerrando el círculo: lo más habitual al inicio de una terapia es sentir desconfianza. Y no tiene por qué ser malo ni necesariamente un problema. 

Si se hace hueco a estas incomodidades iniciales y se abordan con naturalidad, se abre paso una dinámica que acabará siendo muy satisfactoria. Es lo que Jorge Bucay denomina la “doble elección del vínculo”: paciente elige terapeuta y terapeuta elige paciente. 

Y entonces empieza una “luna de miel” terapéutica de la que hablaremos en la próxima entrada.

Sólo de esta forma se puede establecer una relación humana de genuina confianza. 

Y así es el vínculo terapéutico que encontrarás en Grama Psicología

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