Si en la entrada anterior hablábamos de la intensidad de los primeros descubrimientos y del aliciente emocional de las catarsis, la fase de meseta supone un cambio de ritmo que requiere de una adaptación.
Al igual que en las anteriores fases de la terapia, el tránsito de una etapa a otra no es inmediato ni está marcado por un calendario o un número de sesiones.
Tras haber transitado por la urgencia del principio, las lógicas resistencias de la desconfianza y el alivio de la luna de miel, Silvia expresó sus dudas sobre si “lo estaba haciendo bien”. Se refería a que tenía la sensación de que ciertos contenidos se repetían (“siempre te hablo de lo mismo”) y a que no se percibían cambios muy llamativos en su día a día.
Otras veces la propuesta viene del propio terapeuta, como en el caso de Ángel. “Ya que el proceso va bien, ¿qué te parece que espaciemos las sesiones y empecemos a trabajar a otro ritmo?”.
De nuevo, una aclaración:
No es que tú estés enfocando mal la terapia; es que es natural que los ritmos y la motivación por la terapia cambien
Y es muy bueno darse cuenta de ello y hablarlo en las sesiones porque las dinámicas que se dan dentro del proceso también son contenido terapéutico a tratar. Porque no significa que la terapia se haya estancado, que tú ya no seas original planteando cuestiones o que el profesional se haya quedado sin recursos. Simplemente, el proceso ha entrado en una etapa de consolidación.
En este punto, el malestar agudo que nos empujó a pedir ayuda por primera vez seguramente ha remitido en gran medida y nuestro estado emocional interno es más estable. Ahora somos capaces de sentir un mayor equilibrio interno.
Sin embargo, al desaparecer la urgencia, también disminuye esa motivación intensa por descubrir algo nuevo en cada sesión. Ya no hay grandes revelaciones semanales ni cambios aparentemente llamativos en nuestra narrativa. Es tiempo de hilar fino y de prestar atención a las sutilezas del proceso.
El ritmo suele ser más pausado y estar más orientado a lo cotidiano. El movimiento se da en lo aparentemente superficial, sin que parezca que hay alcance en lo profundo. Pero nada más lejos de la realidad: no sólo venimos a terapia a hablar; venimos a amasar un buen relato sobre nuestras vivencias.
A este cambio interno se le suma una cuestión práctica:
Disponer de más tiempo entre citas permite que la rutina diaria gane terreno. Y nos ayuda a sostener la calma como aprendizaje, algo que puede ir contra el mandato social vigente que fomenta la intensidad y los resultados inmediatos, lo que nos lleva a pensar que si un proceso no es visiblemente transformador, no está siendo útil.
Sin embargo, esta fase constituye un entrenamiento fundamental para la autogestión. El papel del terapeuta cambia: ya no hay que abordar grandes fuegos. La gestión de crisis pasa a ser una parte más del trabajo, no el foco del mismo.
En resumen, la fase de meseta es el puente necesario entre la dependencia del espacio terapéutico y la proyección a un futuro en el que los recursos trabajados nos permitirán abordar las crisis y dificultades propias de la vida adulta. Sostener la normalidad y aprender a habitarla es, al fin y al cabo, uno de los mayores éxitos de la salud mental.
Si te apetece alcanzar este y otros muchos éxitos terapéuticos y para la vida, Grama Psicología es el espacio perfecto para ti.
